viernes 5 de febrero de 2010

Un gato en el estanque

POR Norberto de la Torre

Erizado de amor el gato da tres vueltas al estanque. El reflejo de la luna lo espera, mansamente, flotando en el espejo del agua. El felino nada ve, sólo la brillante y húmeda piel de su amada que se mueve un poco, por efecto del aire, y sus movimientos lúbricos invitan al animal a dar el salto. Nada hay en todo el universo, sólo el gato y la imagen de la luna que se mece en el agua, y la inmensidad de la noche que cubre a los amantes. El gato acecha, tensa sus músculos, destella sus iris como el filo de un sable. Imagina sus garras que penetran la tersa piel de la luna que lo aguarda, imagina también el sabor de su carne blanda y seductora. La luna es una paloma blanca con el cuello dispuesto y el gato anhela sentir el abrazo de sus alas. De pronto el gato libera la tensión de sus músculos y salta, cae en el centro mismo del estanque, en el corazón de la luna que se rompe y ya no es su amante que lo espera sino un arcoiris, un calidoscopio de reflejos, una desbandada de mariposas blancas que vuelan a la noche. El gato sale como puede del estanque y se tiende sobre el césped a secarse. Así espera a que el agua se aquiete para ver, otra vez, el deseado cuerpo de la amada.

jueves 28 de enero de 2010

La niña y el profesor

POR Beatríz Giovanna Ramírez

Al profesor de dibujo no le gustaban sus pinturas, con un “no apto” dejaba su huella en la hoja; así que la niña comprendió que el profesor era “no apto” para comprender su arte.Beatríz Giovanna Ramirez

jueves 7 de enero de 2010

Silencio beckettiano

Unos buscan placer, otros buscan

dinero, pero nadie busca lo que
de verdad merece buscarse...
Giuseppe Lo Presti

por Guillermo Samperio


Recordemos que, en una entrevista, Samuel Beckett expresó que había llegado al silencio a través de ejercer la palabra literaria. En este sentido sus últimas obras —Rumbo a peor, 1985, (“Worstward Ho”), Cómo decir, 1987, (“Comment diré”/ “What is the Word”, escrita por S.B. en inglés y en francés) son, aunque breves y llenas de palabras, una expresión del silencio en tanto que “el texto” va dirigido en lo fundamental a las sensaciones y no tanto al entendimiento. Para mirar en él reproduzco un fragmento de Rumbo a peor donde se nota la opacidad de significados: “Lo tenue. El vacío. ¿También se van? ¿También regresan? No. Di no. Nunca se van. Nunca regresan. Hasta que sí. Hasta decir sí. Se van también. Regresan también. Lo tenue. El vacío. Ahora uno. Ahora el otro. Ahora ambos. De repente se van. De repente regresan. ¿Sin cambiar? ¿De repente regresan sin cambiar? Sí. Di sí. Cada vez sin cambiar. De algún modo sin cambiar. Hasta que no. Hasta decir no. De repente regresan cambiados. De algún modo cambiados. Cada vez de algún modo cambiados”.
Siendo los sujetos de la acción “lo tenue” y “el vacío” y debido a su movimiento contradictorio y/ o diverso, el lector no puede arribar a conclusión alguna, pero a través del conocimiento sensible (el que no llega a conceptos ni a signos) es posible comprender (abrazar) que lo tenue y el vacío no se vayan nunca pero sí se vayan, que cambien y no cambien, etcétera.
   Les leí a un grupo de discípulos con ojos cerrados, a partir de la opacidad beckettiana, un fragmento de Rumbo a peor y luego expresaron sus sensaciones; este fragmento pertenece a Jeannine Diego: (Tosió) “Sentí (silencio) un peso y una limitación enormes, como quedarse sin poder salir. La inmovilidad en suma. Dolor. Me remitió a una cosa de pequeñez, de aprendizaje emocional. La negativa. La circularidad de todo. Tristeza con esta circularidad. Volver al principio y al principio. No había colores ni personas.
   “Presencias de autoridad aplastándome. Una sombra aplastante. Tenía ganas de llorar. Las reiteraciones me daban ganas de levantar ese peso, de correr, de rascarme, una reacción física ante ese martillazo de las palabras”
   Ahora Sergio Lambarri: “Una sensación de encierro, desesperanza, vacío. La circularidad de la eterna esperanza inútil. Finitud. Encerrado en las limitaciones, en la intrascendencia de mi cuerpo. Una suerte de círculo vicioso de mis miedos e incapacidades. Me sentí carnal, pequeño, limitadísimo. Me proyecté en mis creencias y no creencias. Afuera no hay nada. Un cuerpo no inerte en la oscuridad. Lo único en lo que creo es en lo que tengo, en lo que está enfrente. No creo en la metafísica, no la siento. No había olores, recuerdos ni cosas. Los colores eran predominante negros, luego sepias y amarillo muy tenue. Veía un cuerpo enjuto, amarillento más que carnoso Las reiteraciones me fueron relajantes”.
   Es notable en Diego la tristeza con la circularidad, eso de volver al principio y las presencias de autoridad aplastándola. Tenía ganas de llorar ante esa reacción física del martillazo de las palabras. Coincide con Lambarri en la circularidad, las limitaciones, como eterna esperanza inútil. La falta de trascendencia de su cuerpo es la pequeñez de Jeannine. Proyectó sus creencias y no creencias y, fuera de él, no había nada. Tal vez la circularidad represente el movimiento de nuestra sociedad, el sistema que resulta aplastante, como si el silencio hubiera cobrado vida en un eterno retorno a la nada. La ciencia tecnificada va más rápido que el entendimiento conceptual, dando la novedad por la novedad, sin sentido. Una sociedad, como dice Lambarri, que expulsó a la metafísica. ¿Pero el silencio de Beckett no será una forma de otro principio?

II
Si Beckett arribó al silencio por el camino de la palabra, ¿esto implica un pugna con la nada, con una especie de huecosa? Quizá el silencio se guarda en sí mismo para eludir nombrar las cosas y devolverles su expresividad, su cosidad, a fin de señalar lo huecoso de las palabras como representantes de la verdad. Antes de pensar en la nada, o en la huecosa, es necesario indagar los motivos que llevaron al silencio beckettiano a eludir nombrar y la verdad.
   Voy a referir con amplitud a Giuseppe Lo Presti para intentar una respuesta. El protagonista de su novela El cazador recubierto de cascabeles se dirige a una prostituta: “Mire este mundo en el cual todo está organizado de manera idiota, donde nada está en su verdadero lugar, donde todos se someten a obligaciones que ni siquiera comprenden. Yo estoy aquí sin saber por qué; estaríamos cada uno donde debiera estar, pero no nos movemos. Ya lo sé: usted ha venido a buscar fortuna y yo a buscar amor; dos abstracciones de las cuales nunca lograremos adueñarnos. Y entonces, ¿por qué insistir?”
   Lo Presti resume en dos los “objetivos” hacia los que, en apariencia, se impulsa el homo non sapiens, pero el movimiento es circular. El amor es imposible y la fortuna otro tanto; la fortuna ha tomado rostro de “éxito”, pero al conseguirlo regresa la insaciabilidad: busca otro Éxito, así con mayúscula. Si pudiéramos verlas, aparecerían escaleras formadas con escalones de auto- nombrados hombres, unas pequeñas, otras muy altas, pero fortuna y amor estarían brillando, inalcanzables, en Andrómeda; los intentos de escaleras se vuelven ridículos. Sigamos a Lo Pestri: “La humanidad corre...salmodiando alegremente su perdición; destila su veneno con delicia. Unos buscan placer, otros buscan dinero, pero nadie busca lo que de verdad merece buscarse...Hay que empezar por ser conscientes. ¿De qué? De todo. A cada instante hay que decirse a sí mismo: pienso, luego razono...Es necesario comenzar a rechazar todo lo que es inútil: los convencionalismos, la mentira social, la mentira sentimental, el absurdo en el que estamos inmersos desde el nacimiento hasta la muerte. ¿Me comprende?” Nadie se pregunta sobre su entorno ni sobre su moral ni sobre las mentiras recibidas, que luego trasmite para ser re-trasmitidas. Triunfa el eufemismo.
   “Entre nosotros... amamos sin distinción un queso, un cuadro, una mujer. ¿Quién me explicará con exactitud la diferencia? En realidad, se ama sólo el placer, es decir a sí mismo. Admita que no se puede construir nada válido sobre esta premisa. Si yo tuviera que formular una nueva religión no diría “amaos los unos a los otros”, sino “sed razonables”. Lo que de verdad debe buscarse; ni siendo enfáticos en decir la “verdad verdadera” es suficiente.
   “¡Y quienes dicen que el amor nos salvará están mudos! Una experiencia de milenios confirma que el hombre no ama a su semejante. No hay artista ni científico que no lo haya dicho, repetido, desde que los hombres crean y piensan...todos lo repiten y la historia continúa”. Exigir la verdad verdadera es exabrupto filosófico; indica que la palabra fracasó y se retira en manos de un creador silencioso: Beckett. “Todavía tengo que hablarle del fin del mundo. No creo que esté próximo, pero el mundo duerme y sueña con falsos valores. Cuando un barco naufraga, sus pasajeros, claros de su muerte, reencuentran su verdadera naturaleza. El glotón se precipita a la cocina, el fanfarrón bajo un banco, el sinvergüenza se echa a llorar, etcétera; pero habrá alguno que se comportará de modo ejemplar...aquel en el que nadie se había fijado durante el tiempo normal, alguien sin Éxito. Así entiendo la vida verdadera. Para que el mundo saliera de su sopor, que chocara con un iceberg cada semana, un diluvio cada mes. Me dirá que hay guerras e inflación y miseria. Si bien mueren muchos, no afecta a todos”. Todos engañamos, sin vida de verdad.

III
Nos preguntábamos si el silencio beckettiano, al que llegó a través de ejercer la palabra literaria, era sólo una nada. Supusimos que dentro del silencio moraba la huecosa. Este término, formado de hueco y cosa, se llegó a crear a través de milenios en que el autonombrado hombre utilizó la palabra. En los albores del nombrar, la formación de vocablos era no sólo una novedad, sino también un diáfano nombrar el silencio de las cosas, que expresaban su cosidad en silencio: la montaña nevada no podía decir que era alta y que en su copete había nieve ni que el girar de astros, estrellas y asteroides, provocaban un determinado tipo de música (no que se escuchara), sino que escribía una cósmica notación musical, o que la pantera tenía sueños verdosos y azules.
   La huecosa señala el cansancio de la palabra, su fracaso definitivo, para nombrar; quiere decir que la “cosa palabra”, que antes del ascenso definitivo de la tecnología y la ciencia (Heidegger), se llenó de hueco, predominando sobre su significado. Hoy en día la palabra, la huecosa, es vehículo nulo, tanto que la comunicación no verbal le da un 15% de valor en la comunicación cara a cara; aún teniendo documento de por medio, lleno de huecosas, su validez se pone en duda. No es extraño, por ello que, desde hace más de una centuria, se tengan que usar expresiones tales como “democracia de verdad”, “masacre de verdad”, “cariño verdad”, hasta llegar al absurdo de “verdad de la verdad”.
   Cuando se arriba a este absurdo se crea una circularidad en la que “verdad de la verdad” se convierte en “la verdad de la verdad de la verdad de la verdad” hasta completar el círculo que se pronuncia de forma perenne girando en el círculo hasta la eternidad, sin poder llegar nunca a la verdad. Así, pues, la huecosidad es un círculo vicioso. Antes de escuchar al otro (la otredad), estamos ya predipuestos, prejuiciados, a que su palabra no es verdad y, a veces, nos engañamos de que la verdad del otro es verdadera, pero al decir que la verdad del otro es verdadera, ya se está en la huecosidad que forma un círculo en el que nunca se llega a la verdad.
   Lo huecoso del nombrar es lo que ha fundamentado la aparición del homo non sapiens, huecoso de por sí. Mientras en los albores del nombrar se testimoniaban las cosas de la comarca (Heidegger), del mundo (cielo y tierra), o las cosas de los hombres, había verdad. Pero en cuanto se intentó trascender la comarca, se empezó a gestar la huecosidad. No en vano el maestro tibetano del siglo XVIII expresó que Occidente se había quedado con un trozo del Saber, que iría cambiado cada cierto tiempo, en tanto Oriente decidió quedarse con el Ser, que no cambia. La arboreidad del árbol será siempre su arboreidad.
   Desde que Platón creó el primer “sistema de pensamiento” le han sucedido infinidad de “sistemas” que desdicen al anterior (Bacon es el extremo de lo huecoso). Cuando se hablaba de que el átomo era la parte más minúscula del mundo o del universo, la que lo afirmaba era una autonombrada ciencia; de pronto apareció el neutrón derecho, desdiciendo la tesis anterior quitándole su “verdad científica”, es decir dejándola en simple alquimia, precientífica. Pero luego se supo que el electrón era zurdo, desdiciendo a la autombrada ciencia anterior y dejándola, de nuevo, en grado de alquimia.
   El problema que han enfrentado las autonombradas ciencias es que el lado micro del mundo es también infinito, como el macro, lo que implica que nunca habrá una ciencia de verdad porque ella misma ha caído en afirmar la verdad de la verdad, es decir ha caído, desde que nació, en la huecosidad. La “ciencia” actual sólo sirve a los intereses de unos pocos y está el servicio de la tecnología, la cual está al servicio de la devastadora economía mundial y de la guerra. Se dan premios nobeles, se elogian entre ellos y viven en lo huecoso.

IV
Los último textos que escribió Beckett están plagados de opacidad, de una resistencia consciente de escribir con nitidez. No es el hermetismo barroco ni el lenguaje cifrado de secta, ni la invención de un nuevo lenguaje literario que atiende motivos estilísticos. El texto avanza, retrocede, reitera, niega lo afirmado, afirma lo negado, evoluciona a regañadientes. En fin, Beckett ya no quería escribir, pero le era imposible dejar de hacerlo, por ello encontró el camino del silencio articulando frases cuyo significado es un hoyo oscuro. Su interés no es ya lo estético, ni revelar alguna forma de la verdad humana, pero tampoco admite el fracaso: sólo calla hablando, habla callando.
   Al final, era inevitable que un escritor tan occidental mostrara la huecosidad de la palabra, la circularidad de la verdad de la verdad e, implícitamente, anunciara el predomino del silencio sobre los grandes discursos de Occidente desde Platón hasta Hurssell y Marx, así como la opacidad científica. Si se afirma que la verdad es un proceso, es como decir que el círculo es circular, o sea nada. La verdad huyó desde que se le empezó a atrapar; la filosofía metafísica, las ciencias y la tecnología están cerca de la verdad, pero nunca la alcanzan. Se topan con la huecosa, la ausencia de verdad, o la búsqueda de la verdad de la verdad, que no es más que la liebre detrás de la zanahoria, girando en un aro huecoso.
   Con Heidegger se cierra el proceso de renovar la verdad en los sistemas de pensamiento del tipo que sean, declara su quiebra. Para ello tuvo que dar una vuelta al inicio del pensamiento y desentrañar el laberinto del pensar Occidental. El principal desvío del camino fue la suposición de que era posible trascender lo visible y lo invisible. Pongamos un ejemplo sencillo: se quería trascender un gran monte, pero se lo trasciende talándolo, eliminando a varias especies animales, haciendo un gran túnel para que pase un tren, otro para automóviles y uno más para oleoductos; se le ponen torres de energía eléctrica, una presa a su río, construyen en su falda sólo tres mil casas, para lo cual agujerearon el gran monte para meter cañerías de agua potable y la salida de la mierda que va a dar al río y a la presa. Oh, bendita trascendencia.
   En efecto, las herramientas para talar, agujerar y levantar torres fueron un gran invento; el petróleo y la electricidad muestran la filigrana de la alta tecnología y lo atraviesan para llevar energía a un lugar distante habitado por la trascendencia; la presa es una impresionante construcción de la ingeniería moderna. Nadie puede negar tales afirmaciones y yo menos. Pero aquí la ciencia y la tecnología sirvieron para desmantelar el gran monte, o sea para dañar en lo profundo al Ser, que no cambia como decían en Oriente. Y no cambiará porque el calor que se va producir, las aguas sucias que transitarán la zona, los energéticos que se están acabando, le van a pegar principalmente al homo non sapiens, hasta que desaparezca y la corriente del universo no va a extrañar al ente trascendente.
   Por ello vale la pena recordar de nuevo a Giuseppe Lo Presti. Dice que el autonombrado ser humano “en realidad ama sólo el placer, es decir a sí mismo”, dominado por el ego implacable, la enfermedad mayor. Lo Presti sugiere dos soluciones. La primera: “para que el mundo salga de su sopor, que chocara con un iceberg cada semana”; es decir a través del miedo, que parece la última solución. La otra se refiere a “ser razonables”. Esta sugerencia nos lleva a replantear el significado de homo, pero sobre todo de sapiens; esta palabra viene de sabor (no de saber), como dice Nietzsche, del buen sabor, el buen gusto, de tener buen gusto ante el gran acontecimiento de estar en la Tierra y el universo. Pero parece que ya estamos en el fin del mundo, ¿no?

jueves 31 de diciembre de 2009

“Escape de paleta” (cuento post-surrealista de Fiestas de Fin de Año)

POR Guillermo Samperio


Mirando al hombre maduro tras el cristal de su consultorio, el doctor Maden le dijo a su asistente que ese hombre (señaló hacia las espaldas de un tipo de incipiente calvicie), después de varias pruebas, radiografías, llenado de formatos, etcétera, etcétera, y de hablar con largueza con la doctora Waters, habían llegado a la conclusión de que Mr. Swelling tenía dentro de la cabeza, con el fin de pensar, una especie de reloj, cuyo principio podía ser el del escape de paleta, ideado por Huygens y Coster a mediados del siglo XVII.
Al notar la cara de incomprensión de su asistente, el doctor Maden le explicó que cuando el péndulo se encuentra en el extremo derecho del arco de oscilación, la parte anterior de las dos paletas se encuentra enganchada en la cara vertical de uno de los dientes de la rueda de escape y el diente impulsa el péndulo a través de la paleta; cuando el péndulo oscila de derecha a izquierda, la paleta anterior queda librada de la rueda de escape.
El muchacho seguía teniendo cara de galimatías, le pidió que se imaginara la maquinaria más sencilla de un reloj de péndulo, de los altos, en general con caja de madera; que cerrara los ojos y que pusiera ahí , en esa oscuridad, lo que le acababa de decir y que escuchara con atención, que dejara de pensar en bobadas y prosiguió: La paleta posterior se engancha ahora en un diente situado al otro lado de la rueda de escape; y el impulso del péndulo hace que la rueda de escape retroceda hasta que el péndulo llega al extremo izquierdo del arco de oscilación. Entonces, se repite de nuevo la misma secuencia, aunque ahora el péndulo oscilará de izquierda a derecha.
Viste, botarate, qué sencillo es; abre ya los ojos, he terminado el diagnóstico psiquiátrico. De seguro estabas imaginado a tu novia moviendo las piernas como si estuviera enganchada en tu diente vertical para impulsarla con la paleta. El muchacho se sonrojó y siguió al médico hacia el interior de su consultorio; el doctor tomó asiento frente a su escritorio mientras que su asistente se quedaba de pie contra la pared del lado y cerca de su jefe.
El psiquíatra se talló las manos como si tuviera frío y se dirigió a su paciente: Mire, Mr. Swelling, hemos llegado a la conclusión de que puede irse ya a su casa; no hay ningún problema. Bueno, hay uno, pero pequeño; aunque no lo crea, su mente se encuentra oxidada como si trajera dentro de su cráneo una maquinaria que tiene siglo y medio funcionando. Usted comprenderá que ante ello no podemos hacer nada, no existe medicamento alguno, ni siquiera el aceite de bacalao –el médico esbozó una media sonrisa y su asistente contuvo una carcajada--; no se preocupe si a veces llega tarde o temprano, o si no sabe el día ni el mes ni el año en que vive. En usted es normal y no le haga caso a las opiniones desmedidas de su esposa. Lleve usted siempre una agenda, un reloj de los mejores de carátula grande con números romanos; en las pruebas que le aplicamos, respondió usted muy bien a este tipo de números.
Hoy es Navidad, tiene usted aquí seis meses; su seguro cubre todos los gastos. Póngase su ropa de vestir, salga del nosocomio y detenga al primer taxi que pase y llegue a su casa a celebrar este día. Sobre todo, sus hijos se pondrán contentos de tener a papá de vuelta en casa. En cuanto usted salga, yo le llamaré a su esposa, dándole la nueva buena y le pediré que el día 26 pase a firmar los documentos del seguro mancomunado.
La sonrisa de Mr. Swelling fue como de rebanada de sandía, le agradeció al médico, se despidió del asistente y salió tan rápido como si su péndulo se hubiera acelerado de súbito, como escape de paleta.

Guillóm Samperio, Director
http://guillermosamperio.blogspot.com/
Fundación Cultural Samperio A.C.
5523.9119 / 04455.3897.9874
Rigor y creación van bien
¡Dios es grande! / ¡Allahu-akbar!

jueves 17 de diciembre de 2009

El decálogo del buen consumidor de peyote

POR Nancy Zamora
Su antigüedad le da derecho a rodearse de mitos. El peyote ha acompañado el misticismo de los grupos étnicos de varios estados del norte de la República mexicana, aunque en el presente su consumo está ligado a la psicodelia cultivada desde los años 60 del siglo pasado


Pequeño cactus globular. Redondo y de menos de 12 centímetros de diámetro. De color verde azulado. Glauco. Sin olor y con un sabor especialmente cáustico. Es el único cactus que carece de espinas y en lugar de éstas posee unas prolongaciones lanosas similares al algodón. De su centro brotan flores blancas y rosadas, además de la más variada imaginería.
Mucho se dice acerca de la experiencia de probar el peyote. Que provoca alucinaciones. Que ocasiona la pérdida de la percepción del tiempo y que, debido a la mezcalina (el alcaloide más importante de esta planta), causa efectos narcóticos y alucinantes que afectan el sistema nervioso central. Todo lo anterior es cierto. Lo falso es que es una planta que causa adicción, pero, sin duda, hay que tenerle respeto.
Comunidades indígenas como los huicholes utilizan esta tuna de suelo en sus rituales místicos para invocar a Hikuri, el dios del peyote, la deidad huichol de mayor antigüedad, con quien mantienen un contacto espiritual trascendental que los conduce a un eminente nivel de purificación. Aunque hace ya algunos años que el aspecto místico se ha hecho de lado y mucha gente lo consume principalmente por su efecto psicodélico.


¿A qué sabe el peyote? ¿Se come crudo? ¿Dónde se encuentra? ¿Cuál es su verdadero efecto? Fíjate bien, aquí el siguiente decálogo que debes considerar cuando pruebes el peyote:
1. Para empezar, tienes que estar decidido a hacerlo. Recuerda que lo que se dice acerca de esta planta, principalmente que “te puedes quedar en el viaje”, es sólo un mito, y la sugestión puede alterarte más que su efecto.
2. El peyote crece en zonas áridas del altiplano de la República mexicana, que abarca la mayor parte de los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León, Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí, por lo que debes considerar que para probarlo seguramente caminarás varias horas bajo el sol.
3. Es importante que lo hagas con un guía, un experimentado mara'akame o chamán que te oriente durante el viaje y te diga la cantidad que debes ingerir para evitar una sobredosis o lo que comúnmente se conoce como “un mal viaje”.
4. Los guías te recomendarán llevar al menos una botella con agua y alguno de los siguientes alimentos: manzana, yogurt o plátano, así como una navaja para cortar el peyote de su raíz.
5. En tu recorrido por el desierto caminarás entre matorrales y “manchas” (plantas con púas que protegen al peyote de las heladas y los depredadores), aquí podrás seleccionar el que más te agrade. Fíjate en su tamaño y en la facilidad para arrancarlo.
6. Despeja el área. Haz a un lado las ramas para que sea más fácil cortarlo. Ten cuidado de no espinarte. Puedes hacerlo con la ayuda de una vara o de una navaja.
7. Una vez que lo extraes debes limpiarlo con agua y pelarlo hasta que quede con el aspecto similar al de un kiwi.
8. Ahora sí, listo para probarlo. ¡Buen provecho! Puedes comerlo entero, cortado en pedazos o macerado con agua. Es recomendable morder primero la fruta y después el peyote, o puedes masticar los dos al mismo tiempo para distraer un poco la sensación agridulce. Hay quienes prefieren probarlo al natural.
9. Las dosis bajas son de una a dos cabezas de peyote. Las medias, de tres a seis, y las altas, de siete a 10 cabezas. Algunos comanches (tribu amerindia nativa del este de Nuevo México) se jactan de ingerir hasta 12 peyotes en una sesión. Eso es sólo para expertos.
10. Ahora deja que esta planta alucinógena haga su trabajo. Quizá tarde una hora o más. Es importante que consideres que sentirás náuseas, mareos y escalofríos. Lo demás es viaje de cada quien.

Nota
Recuerda que el consumo del peyote es ilegal. ¡Ayuda a preservarlo!


domingo 13 de diciembre de 2009

Amores Perros

POR: R.H.Yohai


Previniendo percances pedí que me amarraran en el sótano. A la hora en punto, la luna llena iluminaba una pequeña ventana que quedaba a ras de la banqueta. La puerta se abrió despacio. Doly, intrigada por los gruñidos entró a la habitación, y es testigo del momento en que mi cuerpo ha mutado totalmente al de hombre-lobo. Me parece más bella que nunca, al pretender mantenerse a distancia su caminar es sensual.


La puerta se cerró. ‘Doly’ la perra del vecino comenzó a menear la cola provocativamente. Todo fue cosa de olfatearnos un poco. El olor erotizó mi cuerpo como un fucilazo bajando desde la nuca por el lomo hasta las extremidades, comencé a salivar en forma abundante. Aúllo, bramo, ladro y mujo con fuerza. La mutación lunar y perder la virginidad en una noche es algo que muchos quisieran contar.

jueves 3 de diciembre de 2009

Ciudad en cenizas

POR Teófilo Huerta


Eran las cinco cincuenta y cinco de la tarde. Prevalecía un ambiente enrarecido y asfixiante. Muy pronto al avanzar y cruzar algunas calles me percaté que a lo lejos las llamas consumían la cúpula de un alto edificio del diario El Reformador. Mi estómago dio un vuelco pero seguí adelante convencido de que pronto sería sofocado.
Como autómata en lugar de continuar mi acostumbrado camino, enfilé hacia el lugar del siniestro, movido por el seguro escenario espectacular de los bomberos y las cámaras televisivas.
Pero conforme avancé y el edificio se me hacía menos distante, descubrí con sorpresa que un salón de fiestas que lo antecedía también era consumido por el fuego. Lo más increíble era que no se podía tratar de una extensión del incendio del periódico hacia el salón pues había de por medio un par de cuadras. Por mi mente atravesó la idea de algún atentado pero era poco probable pues mis oídos no habían registrado alguna explosión.
Lo que sí comenzó a conformar mi paisaje sonoro fue el ininterrumpido ulular de las sirenas. Era un concierto estremecedor en varios planos pues a lo más remoto esos artefactos no paraban de sonar.
A medida que avanzaba fui descubriendo un panorama nada reconfortante. Ahora más llamas lucían a lo lejos en puntos distantes. Mi visión ya no advertía la ubicación precisa de esos otros incendios pues una inmensa nube de humo me lo impedía.
El característico olor y el consecuente ataque de asma me impidió avanzar más, aunque ya casi estaba al pie del salón donde una mujer ejecutiva a pesar de su desesperación y resistencia era convencida de abandonar la todavía incólume planta baja.
Fue allí donde de golpe alcancé a recibir un chorro de agua disparado desde las alturas por los bomberos. Fue muy refrescante, advertí que no sólo llevaba en mi cuerpo el calor del incendio, sino que éste ya me acompañaba desde mi salida de la oficina. Era una tarde singularmente calurosa.
Desde mi nueva posición donde volteara advertía incendios.
Me estremecí al pensar en una conflagración y me preocupé por todos los habitantes de esos edificios y por
mis parientes y amigos.
Marqué en el celular a casa y no había señal. Intenté con otros números y el resultado fue el mismo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. Por fin me sentí solo en medio del infierno.
Comencé a retirarme y a reanudar mi camino original.
Al internarme en la colonia de mi trabajo sentí un leve alivio al ver de pie la mayoría de las casas y construcciones, pero era eso, la mayoría, porque de manera dispersa uno que otro sitio también se tornaba presa de las llamas y ello inevitablemente se propagaría.
De plano retorné hasta el pie de mi centro laboral para advertir que se encontraba entero y así fue. Entonces reanudé mi camino di la espalda a los incendios mayores y torciendo el rumbo hacia el transporte colectivo. ¿Pero cuál? Había sido suspendido.
Parte del caos, apenas si constataba la presencia de otros individuos igual de azorados que yo. Estaba abstraído y el ir y venir de la gente desesperada no me sacaba de mi atolondramiento.
Al pasar por una tienda de muebles me detuve ante un televisor que por supuesto reproducía el siniestro. Un prestigiado conductor de noticias aparecía como reportero en el lugar de los hechos y narraba los mismos, no le di importancia a la perorata salvo cuando se refirió a la probable explicación de los incendios: la temperatura había rebasado los cincuenta grados esa tarde, el cambio climático nos había alcanzado y dejado huella.
Comenzó a anochecer. La distancia a mi hogar era enorme y el tránsito peatonal también estaba bloqueado. Sin transporte ni comunicación, abatido deambulé por horas y acaso descansé un par en la guarnición de un condominio con la compañía de otro individuo con el cual apenas crucé palabras de incredulidad y más bien muchas miradas de incertidumbre.
El amanecer fue triste y sombrío. Por supuesto que había gente por doquier y en condiciones similares a la mía, pero yo no le prestaba atención, me sentía auténticamente en una ciudad desierta y abandonada.
Las condiciones de incomunicación prevalecían. A pesar del sudor y apariencia, me dirigí a la oficina. A unos
cuantos metros testifiqué que ella también se consumía.
Quería convencerme que todo era una pesadilla pero era imposible despertar a otra realidad que no fuera la misma.
Las horas progresaban y al mediodía el calor era ya muy pesado. Entonces sí tomé conciencia de la angustia de los demás a mi alrededor. La gente hacía planes para guarecerse del sol y huir de la concentración de edificios. Había en el ambiente un pánico por la proximidad de las horas más calurosas. Aún permanecían incipientes llamas y humo alrededor pero, ¿se encendían nuevas construcciones?, ¿eran tan endebles a un fenómeno así? Como hormigas íbamos de un lugar a otro sin dirección fija. No prestaba atención al traslado de los heridos más que a la hora de echar un nuevo vistazo a algún televisor. La espectacularidad de las pantallas contrastaba con el desolador panorama que me agobiaba y al extrañamiento de los míos que distantes estaban verdaderamente ausentes.
Protección Civil habilitó una alarma que se atascó apenas rebasados los treinta y cinco grados. De pronto las
patrullas por sus altavoces comenzaron a indicarnos que nos dirigiéramos al Bosque de Anáhuac, el pulmón de la ciudad, sólo allí encontraríamos el refugio esperado.
Las filas de individuos que encaminábamos nuestros pasos hacia el bosque se convirtieron en verdaderas turbas al salir la gente de sus casas y trabajos. Como si estuviera predestinado, justo hacia las cuatro de la tarde comenzaron a gestarse nuevos y aparatosos incendios, ahora ya no distantes sino por las calles que transitábamos.
A pesar de los gritos y empujones, seguía abstraído, ensimismado y como autómata dejándome llevar por la corriente humana hacia el bosque que por más extenso que fuera sería insuficiente para dar cabida a toda la población. Los incendios parecían perseguirnos, el calor era inclemente.
La alarma que ya sonaba otra vez volvía a descomponerse al rebasar los 60 grados. Desesperados nos lanzamos a las infectas agua del lago donde las lanchas que otrora dieron esparcimiento a los paseantes, quedaron arrumbadas en un rincón. Poco nos importaba ahogarnos o contraer algún mal estomacal o en la piel, lo urgente era mitigar un calor jamás sentido y alejarnos de las brasas que consumían las construcciones que rodeaban al bosque y los primeros árboles del mismo.
Abatidos ninguno supimos de las horas subsiguientes sino hasta un nuevo amanecer cuando nos descubrimos casi desnudos en medio del fango, el agua totalmente evaporada.
Como los demás pero otra vez ignorándolos, me enderecé y caminé resbaladizamente hasta alcanzar el negro césped y tirarme entre otra multitud esquelética y deshidratada.
Al sentir los rayos del sol, asustado me incorporé y entre la poca noción que tenía comencé a dirigirme al largo camino hacia el hogar esta vez despejado, entre autos, patrullas y cuerpos calcinados, entre ruinas y cenizas de casas y edificios.
El humo me impedía ver más allá de mi entorno, pero conforme me alejé de la ciudad entre agotamiento y asma, ya a cierta altura, divisé la cordillera que la rodeaba; parecía una olla que dejaba escapar el vapor o un lugar inhóspito donde hubiera caído un meteorito.
Para entonces el calor amenazaba con subir y yo no tenía otro bosque para protegerme ni próximo mi anhelado hogar.