Unos buscan placer, otros buscan
dinero, pero nadie busca lo que
de verdad merece buscarse...
Giuseppe Lo Presti
por Guillermo Samperio
Recordemos que, en una entrevista, Samuel Beckett expresó que había llegado al silencio a través de ejercer la palabra literaria. En este sentido sus últimas obras —Rumbo a peor, 1985, (“Worstward Ho”), Cómo decir, 1987, (“Comment diré”/ “What is the Word”, escrita por S.B. en inglés y en francés) son, aunque breves y llenas de palabras, una expresión del silencio en tanto que “el texto” va dirigido en lo fundamental a las sensaciones y no tanto al entendimiento. Para mirar en él reproduzco un fragmento de Rumbo a peor donde se nota la opacidad de significados: “Lo tenue. El vacío. ¿También se van? ¿También regresan? No. Di no. Nunca se van. Nunca regresan. Hasta que sí. Hasta decir sí. Se van también. Regresan también. Lo tenue. El vacío. Ahora uno. Ahora el otro. Ahora ambos. De repente se van. De repente regresan. ¿Sin cambiar? ¿De repente regresan sin cambiar? Sí. Di sí. Cada vez sin cambiar. De algún modo sin cambiar. Hasta que no. Hasta decir no. De repente regresan cambiados. De algún modo cambiados. Cada vez de algún modo cambiados”.
Siendo los sujetos de la acción “lo tenue” y “el vacío” y debido a su movimiento contradictorio y/ o diverso, el lector no puede arribar a conclusión alguna, pero a través del conocimiento sensible (el que no llega a conceptos ni a signos) es posible comprender (abrazar) que lo tenue y el vacío no se vayan nunca pero sí se vayan, que cambien y no cambien, etcétera.
Les leí a un grupo de discípulos con ojos cerrados, a partir de la opacidad beckettiana, un fragmento de Rumbo a peor y luego expresaron sus sensaciones; este fragmento pertenece a Jeannine Diego: (Tosió) “Sentí (silencio) un peso y una limitación enormes, como quedarse sin poder salir. La inmovilidad en suma. Dolor. Me remitió a una cosa de pequeñez, de aprendizaje emocional. La negativa. La circularidad de todo. Tristeza con esta circularidad. Volver al principio y al principio. No había colores ni personas.
“Presencias de autoridad aplastándome. Una sombra aplastante. Tenía ganas de llorar. Las reiteraciones me daban ganas de levantar ese peso, de correr, de rascarme, una reacción física ante ese martillazo de las palabras”
Ahora Sergio Lambarri: “Una sensación de encierro, desesperanza, vacío. La circularidad de la eterna esperanza inútil. Finitud. Encerrado en las limitaciones, en la intrascendencia de mi cuerpo. Una suerte de círculo vicioso de mis miedos e incapacidades. Me sentí carnal, pequeño, limitadísimo. Me proyecté en mis creencias y no creencias. Afuera no hay nada. Un cuerpo no inerte en la oscuridad. Lo único en lo que creo es en lo que tengo, en lo que está enfrente. No creo en la metafísica, no la siento. No había olores, recuerdos ni cosas. Los colores eran predominante negros, luego sepias y amarillo muy tenue. Veía un cuerpo enjuto, amarillento más que carnoso Las reiteraciones me fueron relajantes”.
Es notable en Diego la tristeza con la circularidad, eso de volver al principio y las presencias de autoridad aplastándola. Tenía ganas de llorar ante esa reacción física del martillazo de las palabras. Coincide con Lambarri en la circularidad, las limitaciones, como eterna esperanza inútil. La falta de trascendencia de su cuerpo es la pequeñez de Jeannine. Proyectó sus creencias y no creencias y, fuera de él, no había nada. Tal vez la circularidad represente el movimiento de nuestra sociedad, el sistema que resulta aplastante, como si el silencio hubiera cobrado vida en un eterno retorno a la nada. La ciencia tecnificada va más rápido que el entendimiento conceptual, dando la novedad por la novedad, sin sentido. Una sociedad, como dice Lambarri, que expulsó a la metafísica. ¿Pero el silencio de Beckett no será una forma de otro principio?
II
Si Beckett arribó al silencio por el camino de la palabra, ¿esto implica un pugna con la nada, con una especie de huecosa? Quizá el silencio se guarda en sí mismo para eludir nombrar las cosas y devolverles su expresividad, su cosidad, a fin de señalar lo huecoso de las palabras como representantes de la verdad. Antes de pensar en la nada, o en la huecosa, es necesario indagar los motivos que llevaron al silencio beckettiano a eludir nombrar y la verdad.
Voy a referir con amplitud a Giuseppe Lo Presti para intentar una respuesta. El protagonista de su novela El cazador recubierto de cascabeles se dirige a una prostituta: “Mire este mundo en el cual todo está organizado de manera idiota, donde nada está en su verdadero lugar, donde todos se someten a obligaciones que ni siquiera comprenden. Yo estoy aquí sin saber por qué; estaríamos cada uno donde debiera estar, pero no nos movemos. Ya lo sé: usted ha venido a buscar fortuna y yo a buscar amor; dos abstracciones de las cuales nunca lograremos adueñarnos. Y entonces, ¿por qué insistir?”
Lo Presti resume en dos los “objetivos” hacia los que, en apariencia, se impulsa el homo non sapiens, pero el movimiento es circular. El amor es imposible y la fortuna otro tanto; la fortuna ha tomado rostro de “éxito”, pero al conseguirlo regresa la insaciabilidad: busca otro Éxito, así con mayúscula. Si pudiéramos verlas, aparecerían escaleras formadas con escalones de auto- nombrados hombres, unas pequeñas, otras muy altas, pero fortuna y amor estarían brillando, inalcanzables, en Andrómeda; los intentos de escaleras se vuelven ridículos. Sigamos a Lo Pestri: “La humanidad corre...salmodiando alegremente su perdición; destila su veneno con delicia. Unos buscan placer, otros buscan dinero, pero nadie busca lo que de verdad merece buscarse...Hay que empezar por ser conscientes. ¿De qué? De todo. A cada instante hay que decirse a sí mismo: pienso, luego razono...Es necesario comenzar a rechazar todo lo que es inútil: los convencionalismos, la mentira social, la mentira sentimental, el absurdo en el que estamos inmersos desde el nacimiento hasta la muerte. ¿Me comprende?” Nadie se pregunta sobre su entorno ni sobre su moral ni sobre las mentiras recibidas, que luego trasmite para ser re-trasmitidas. Triunfa el eufemismo.
“Entre nosotros... amamos sin distinción un queso, un cuadro, una mujer. ¿Quién me explicará con exactitud la diferencia? En realidad, se ama sólo el placer, es decir a sí mismo. Admita que no se puede construir nada válido sobre esta premisa. Si yo tuviera que formular una nueva religión no diría “amaos los unos a los otros”, sino “sed razonables”. Lo que de verdad debe buscarse; ni siendo enfáticos en decir la “verdad verdadera” es suficiente.
“¡Y quienes dicen que el amor nos salvará están mudos! Una experiencia de milenios confirma que el hombre no ama a su semejante. No hay artista ni científico que no lo haya dicho, repetido, desde que los hombres crean y piensan...todos lo repiten y la historia continúa”. Exigir la verdad verdadera es exabrupto filosófico; indica que la palabra fracasó y se retira en manos de un creador silencioso: Beckett. “Todavía tengo que hablarle del fin del mundo. No creo que esté próximo, pero el mundo duerme y sueña con falsos valores. Cuando un barco naufraga, sus pasajeros, claros de su muerte, reencuentran su verdadera naturaleza. El glotón se precipita a la cocina, el fanfarrón bajo un banco, el sinvergüenza se echa a llorar, etcétera; pero habrá alguno que se comportará de modo ejemplar...aquel en el que nadie se había fijado durante el tiempo normal, alguien sin Éxito. Así entiendo la vida verdadera. Para que el mundo saliera de su sopor, que chocara con un iceberg cada semana, un diluvio cada mes. Me dirá que hay guerras e inflación y miseria. Si bien mueren muchos, no afecta a todos”. Todos engañamos, sin vida de verdad.
III
Nos preguntábamos si el silencio beckettiano, al que llegó a través de ejercer la palabra literaria, era sólo una nada. Supusimos que dentro del silencio moraba la huecosa. Este término, formado de hueco y cosa, se llegó a crear a través de milenios en que el autonombrado hombre utilizó la palabra. En los albores del nombrar, la formación de vocablos era no sólo una novedad, sino también un diáfano nombrar el silencio de las cosas, que expresaban su cosidad en silencio: la montaña nevada no podía decir que era alta y que en su copete había nieve ni que el girar de astros, estrellas y asteroides, provocaban un determinado tipo de música (no que se escuchara), sino que escribía una cósmica notación musical, o que la pantera tenía sueños verdosos y azules.
La huecosa señala el cansancio de la palabra, su fracaso definitivo, para nombrar; quiere decir que la “cosa palabra”, que antes del ascenso definitivo de la tecnología y la ciencia (Heidegger), se llenó de hueco, predominando sobre su significado. Hoy en día la palabra, la huecosa, es vehículo nulo, tanto que la comunicación no verbal le da un 15% de valor en la comunicación cara a cara; aún teniendo documento de por medio, lleno de huecosas, su validez se pone en duda. No es extraño, por ello que, desde hace más de una centuria, se tengan que usar expresiones tales como “democracia de verdad”, “masacre de verdad”, “cariño verdad”, hasta llegar al absurdo de “verdad de la verdad”.
Cuando se arriba a este absurdo se crea una circularidad en la que “verdad de la verdad” se convierte en “la verdad de la verdad de la verdad de la verdad” hasta completar el círculo que se pronuncia de forma perenne girando en el círculo hasta la eternidad, sin poder llegar nunca a la verdad. Así, pues, la huecosidad es un círculo vicioso. Antes de escuchar al otro (la otredad), estamos ya predipuestos, prejuiciados, a que su palabra no es verdad y, a veces, nos engañamos de que la verdad del otro es verdadera, pero al decir que la verdad del otro es verdadera, ya se está en la huecosidad que forma un círculo en el que nunca se llega a la verdad.
Lo huecoso del nombrar es lo que ha fundamentado la aparición del homo non sapiens, huecoso de por sí. Mientras en los albores del nombrar se testimoniaban las cosas de la comarca (Heidegger), del mundo (cielo y tierra), o las cosas de los hombres, había verdad. Pero en cuanto se intentó trascender la comarca, se empezó a gestar la huecosidad. No en vano el maestro tibetano del siglo XVIII expresó que Occidente se había quedado con un trozo del Saber, que iría cambiado cada cierto tiempo, en tanto Oriente decidió quedarse con el Ser, que no cambia. La arboreidad del árbol será siempre su arboreidad.
Desde que Platón creó el primer “sistema de pensamiento” le han sucedido infinidad de “sistemas” que desdicen al anterior (Bacon es el extremo de lo huecoso). Cuando se hablaba de que el átomo era la parte más minúscula del mundo o del universo, la que lo afirmaba era una autonombrada ciencia; de pronto apareció el neutrón derecho, desdiciendo la tesis anterior quitándole su “verdad científica”, es decir dejándola en simple alquimia, precientífica. Pero luego se supo que el electrón era zurdo, desdiciendo a la autombrada ciencia anterior y dejándola, de nuevo, en grado de alquimia.
El problema que han enfrentado las autonombradas ciencias es que el lado micro del mundo es también infinito, como el macro, lo que implica que nunca habrá una ciencia de verdad porque ella misma ha caído en afirmar la verdad de la verdad, es decir ha caído, desde que nació, en la huecosidad. La “ciencia” actual sólo sirve a los intereses de unos pocos y está el servicio de la tecnología, la cual está al servicio de la devastadora economía mundial y de la guerra. Se dan premios nobeles, se elogian entre ellos y viven en lo huecoso.
IV
Los último textos que escribió Beckett están plagados de opacidad, de una resistencia consciente de escribir con nitidez. No es el hermetismo barroco ni el lenguaje cifrado de secta, ni la invención de un nuevo lenguaje literario que atiende motivos estilísticos. El texto avanza, retrocede, reitera, niega lo afirmado, afirma lo negado, evoluciona a regañadientes. En fin, Beckett ya no quería escribir, pero le era imposible dejar de hacerlo, por ello encontró el camino del silencio articulando frases cuyo significado es un hoyo oscuro. Su interés no es ya lo estético, ni revelar alguna forma de la verdad humana, pero tampoco admite el fracaso: sólo calla hablando, habla callando.
Al final, era inevitable que un escritor tan occidental mostrara la huecosidad de la palabra, la circularidad de la verdad de la verdad e, implícitamente, anunciara el predomino del silencio sobre los grandes discursos de Occidente desde Platón hasta Hurssell y Marx, así como la opacidad científica. Si se afirma que la verdad es un proceso, es como decir que el círculo es circular, o sea nada. La verdad huyó desde que se le empezó a atrapar; la filosofía metafísica, las ciencias y la tecnología están cerca de la verdad, pero nunca la alcanzan. Se topan con la huecosa, la ausencia de verdad, o la búsqueda de la verdad de la verdad, que no es más que la liebre detrás de la zanahoria, girando en un aro huecoso.
Con Heidegger se cierra el proceso de renovar la verdad en los sistemas de pensamiento del tipo que sean, declara su quiebra. Para ello tuvo que dar una vuelta al inicio del pensamiento y desentrañar el laberinto del pensar Occidental. El principal desvío del camino fue la suposición de que era posible trascender lo visible y lo invisible. Pongamos un ejemplo sencillo: se quería trascender un gran monte, pero se lo trasciende talándolo, eliminando a varias especies animales, haciendo un gran túnel para que pase un tren, otro para automóviles y uno más para oleoductos; se le ponen torres de energía eléctrica, una presa a su río, construyen en su falda sólo tres mil casas, para lo cual agujerearon el gran monte para meter cañerías de agua potable y la salida de la mierda que va a dar al río y a la presa. Oh, bendita trascendencia.
En efecto, las herramientas para talar, agujerar y levantar torres fueron un gran invento; el petróleo y la electricidad muestran la filigrana de la alta tecnología y lo atraviesan para llevar energía a un lugar distante habitado por la trascendencia; la presa es una impresionante construcción de la ingeniería moderna. Nadie puede negar tales afirmaciones y yo menos. Pero aquí la ciencia y la tecnología sirvieron para desmantelar el gran monte, o sea para dañar en lo profundo al Ser, que no cambia como decían en Oriente. Y no cambiará porque el calor que se va producir, las aguas sucias que transitarán la zona, los energéticos que se están acabando, le van a pegar principalmente al homo non sapiens, hasta que desaparezca y la corriente del universo no va a extrañar al ente trascendente.
Por ello vale la pena recordar de nuevo a Giuseppe Lo Presti. Dice que el autonombrado ser humano “en realidad ama sólo el placer, es decir a sí mismo”, dominado por el ego implacable, la enfermedad mayor. Lo Presti sugiere dos soluciones. La primera: “para que el mundo salga de su sopor, que chocara con un iceberg cada semana”; es decir a través del miedo, que parece la última solución. La otra se refiere a “ser razonables”. Esta sugerencia nos lleva a replantear el significado de homo, pero sobre todo de sapiens; esta palabra viene de sabor (no de saber), como dice Nietzsche, del buen sabor, el buen gusto, de tener buen gusto ante el gran acontecimiento de estar en la Tierra y el universo. Pero parece que ya estamos en el fin del mundo, ¿no?